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La inercia del olvido: Washington y Caracas ante el espejo de enero

Por: [Firma de Columnista] Fecha: 10 de enero de 2026

Hoy es 10 de enero. En el calendario constitucional venezolano, esta fecha solía estar marcada en rojo; era el día de la renovación, el rito sagrado de la democracia donde el poder se legitimaba o se transfería. Sin embargo, al escribir estas líneas en esta mañana de 2026, lo que siento —y lo que se respira tanto en las calles de Caracas como en los pasillos del Departamento de Estado en Washington— es una pesada y asfixiante inercia.

Ha pasado exactamente un año desde aquel 10 de enero de 2025, el día que debió marcar un quiebre y que, en cambio, cimentó el estancamiento. Hoy, al mirar hacia el norte, hacia un Estados Unidos que ya lleva un año bajo su propia nueva administración presidencial, la relación entre ambas naciones parece haber entrado en una fase que los diplomáticos llaman “contención estratégica”, pero que yo prefiero llamar por su nombre más crudo: fatiga crónica.

Recuerdo la electricidad estática que se sentía en el aire hace dos años, durante las elecciones de 2024. Había una narrativa de “ahora o nunca”. Washington, con sus licencias petroleras y sus canales diplomáticos tras bastidores, apostaba a una transición negociada. Pero hoy, 10 de enero de 2026, esa apuesta parece un recuerdo lejano, casi ingenuo.

Lo que veo actualmente desde mi posición es un Estados Unidos atrapado en su propia paradoja. Por un lado, la retórica de la Casa Blanca sigue condenando el déficit democrático en Venezuela. Los comunicados de prensa siguen saliendo, puntuales y predecibles, reafirmando sanciones y exigiendo libertades. Pero por otro lado, la Realpolitik se ha impuesto con la frialdad del acero.

La crisis energética global y la inestabilidad en Oriente Medio y Europa del Este han obligado a Washington a mirar el mapa con pragmatismo, no con idealismo. Venezuela, con sus inmensas reservas de crudo, se ha convertido para Estados Unidos en un problema que prefiere “administrar” antes que resolver. La prioridad ya no parece ser el cambio de régimen, sino la estabilidad del flujo energético y, sobre todo, la contención migratoria.

Es imposible analizar la relación bilateral hoy sin tocar la herida abierta de la migración. Si algo ha definido la política exterior de Estados Unidos hacia Venezuela en este último año, ha sido el miedo a las fronteras desbordadas.

He conversado con analistas en D.C. que me confiesan, off the record, que el tema Venezuela se ha vuelto tóxico en la política interna estadounidense. Ya no se trata de libertad versus tiranía; se trata de cuántos venezolanos cruzan el Darién y llegan a Texas o Nueva York. Esto ha otorgado a Miraflores una palanca de negociación inesperada. La estabilidad interna de Venezuela —aunque sea una estabilidad forzada y autoritaria— se ha vuelto, irónicamente, un interés de seguridad nacional para Estados Unidos.

Esta dinámica ha generado una relación perversa. Estados Unidos mantiene sanciones, sí, pero con suficientes válvulas de escape (como las licencias a las grandes petroleras que siguen operando en la Faja del Orinoco) para evitar un colapso total que envíe a otros dos millones de personas hacia el norte. Es un equilibrio cínico: mantener al país a flote lo suficiente para que la gente no huya, pero no lo suficiente para que prospere.

Al observar el panorama político venezolano en este 10 de enero, la sensación de déjà vu es dolorosa. La comunidad internacional, liderada por Estados Unidos, parece haber agotado su caja de herramientas. Las sanciones personales ya no asustan a una élite que ha aprendido a vivir aislada; las amenazas diplomáticas son ruido de fondo.

Lo que más me preocupa hoy es la normalización de lo inaceptable. Veo cómo el mundo, distraído por nuevas crisis, empieza a pasar la página. En los foros internacionales de este 2026, Venezuela ya no es el tema principal en la agenda del Secretario de Estado de EE. UU.; es un nota al pie. La “máxima presión” ha dado paso a la “máxima indiferencia”.

Para el venezolano de a pie, esta danza geopolítica entre Washington y Caracas es una abstracción cruel. Mientras los políticos en el norte calculan barriles de petróleo y votos en Florida, y la cúpula en Caracas celebra su supervivencia un año más, la realidad económica sigue siendo de subsistencia. La dolarización de facto ha creado burbujas de consumo que confunden al visitante, pero la desigualdad se ha profundizado abismalmente.

Para finalizar, mi temor no es el conflicto, sino el olvido. El 10 de enero de 2026 nos encuentra en un punto muerto. Estados Unidos ha demostrado que sus intereses son volubles y que su capacidad de influencia tiene límites claros. Venezuela, por su parte, sigue secuestrada por una lucha de poder que parece eterna.

La lección de hoy es amarga: la salvación no vendrá del norte. La “opción americana” se ha diluido en el pragmatismo de un mundo en caos. Si hay un futuro diferente para Venezuela, tendrá que nacer de sus propias cenizas, no de los despachos de Washington. Porque si algo nos ha enseñado este último año, es que en la geopolítica no existen los amigos, solo los intereses; y hoy, 10 de enero de 2026, los intereses de ambos países parecen haber acordado, tácitamente, mantener el status quo mientras el pueblo sigue esperando un amanecer que se retrasa indefinidamente.

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